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La construcción social del desarrollo como resultado del etnocentrismo universalista de la expansión europea
Rafael Paz Narváez
Como
se supone, lo que sabemos acerca del mundo y las cosas no
necesariamente coincide con lo que tal mundo y tales cosas son. No
obstante, a partir de la crítica de las prácticas históricas, es posible
hacernos una idea sobre la calidad de los saberes. En las próximas
páginas se hace referencia al término desarrollo y a algunos usos de los
cuales ha sido objeto, con el propósito de definir una perspectiva de
abordaje para el estudio del devenir social en la Centroamérica del
siglo XXI.
En la
actualidad, en las diversas dimensiones del análisis social se recurre
al término desarrollo para denotar tanto procesos sociales que se
plantean como ya ocurridos, como para procesos sociales que deben
ocurrir. Desarrollo se utiliza tanto para explicar el curso de los
procesos sociales como para denotar una meta hacia la cual dirigirse. Interesa partir del análisis de dos tesis opuestas:
La
primera, considera que el discurso sobre el desarrollo está asociado a
una praxis hegemónica históricamente dada, y de hecho, acentúa el
análisis, la comprensión y la explicación de los procesos sociales
presentándolos como divorcio entre discurso y praxis social, enfatizando
su asimetría.
La
segunda tesis supone que el desarrollo es una meta estratégica viable
para la praxis social, y hace énfasis en la coherencia o simetría entre
discurso y praxis social, entre imaginarios colectivos y realizaciones
concretas.
Eventualmente
se advierte una tercera posición, la que elabora un discurso sobre el
desarrollo como práctica de conocimiento y sus derivaciones en el
quehacer histórico social, y que por lo tanto, se propone tomar como
asunto en consideración a las dos nociones contrapuestas, e inclusive, a
la misma contraposición entre ellas.
La
peculiaridad del discurso, consiste en ser argumentativo, en
concentrarse en los procesos de razonamiento más que en la experiencia
inmediata, y define las orientaciones de acción cuando no se puede tomar
como evidente una verdad manifiesta. El discurso persuade por la
argumentación que desenvuelve más que por la comprobación de sus
aserciones. Alexander (1989: 36) sostiene que "la capacidad de
persuasión del discurso se basa en cualidades tales como su coherencia
lógica, amplitud de visión, perspicacia interpretativa, relevancia
valorativa, fuerza retórica, belleza y consistencia argumentativa". En
el caso que nos compete, las tres modalidades de discursos sobre el
desarrollo se pueden considerar asociadas a actores sociales con
intereses y orientaciones específicas:
La
posición que enfatiza la coherencia o simetría entre lo dicho y pensado
respecto a lo que se hace o resulta como consecuencia de lo hecho, es
usualmente afín a los funcionarios de las entidades responsables de
promover el desarrollo. A partir de esta posición, el concepto
desarrollo ha venido precisando y delimitando aspectos puntuales a lo
largo de las últimas décadas del siglo XX y en las primeras del XXI. En
la fundamentación empírica de este discurso se alega y coleccionan los
resultados que pueden presentarse como éxitos de las políticas de
desarrollo.
La
posición que critica al discurso sobre el desarrollo como mera
ideología, y por lo tanto, factor de alienación y fetichización, es
propia de los grupos y actores contra-hegemónicos, como militantes de
movimientos sociales, y se sustenta empíricamente en las bases de datos
sobre la precariedad de las condiciones de vida y trabajo de la mayoría
de la humanidad, pese a que ya se han aplicado durante varias décadas
políticas de desarrollo.
La
tercera posición corresponde también a un sector de actores
específicos, para quiénes el intento de aplicar discursos y políticas de
desarrollo, y esperar que a partir de ellas se alcancen resultados,
debe examinarse con atención, incluyendo sus fracasos, pero también sus
posibles logros. Si bien para estos actores, tampoco escapa la
circunstancia de que el diseño y aplicación de discursos y programas de
desarrollo se asocia con prácticas de dominación, opresión y
explotación, de manera que a la par de las buenas intenciones prevalecen
funestos resultados.
El
desarrollo como discursos y como prácticas realizadas no puede
valorarse en sí simplemente como bueno o malo. Es un hecho que de las
prácticas organizadas a partir de los discursos y programas de
desarrollo se producen resultados desiguales, en los cuales un sector de
la sociedad puede verse mucho más favorecido que otros, e inclusive
ocurre que sectores sociales son perjudicados por las políticas de
desarrollo.
Los
procesos históricos y sociales no devienen fundamentalmente a causa del
pensar y sentir de los seres humanos. Por el contrario, una premisa
básica sobre la cual se constituye el presente ensayo, supone que la
práctica materialmente realizada es una condición central en los
procesos sociales. Sin embargo está práctica realizada está
indisolublemente asociada a formas de pensar y sentir que permiten un
sentido a quienes las concretan. Los seres humanos usualmente no sólo
requieren realizar una práctica material que asegure su existencia
material, también necesitan que esa misma práctica tenga un sentido que
haga posible motivarla y organizarla. A continuación se examinan
aspectos del proceso de construcción social del desarrollo como
producción de un sentido que organiza las prácticas históricas.
En el principio se estableció la diferencia. El
discurso convencional sobre el desarrollo supone, tal como dicho
discurso se plantea hasta la actualidad, una condición de no-desarrollo.
Es decir, supone que sólo se puede hacer sujeto de desarrollo a quien,
de previo, se supone como no-desarrollado. Por esta razón, se precisa
rastrear los momentos en los cuales se establece la diferencia entre
desarrollado y no-desarrollado como una diferencia socialmente
significativa.
El
primer momento en la constitución social de esta diferencia, se
encuentra la indagación de los europeos del siglo XVI acerca de la
naturaleza de los aborígenes americanos, llamados indios a causa de una
confusión geográfica, dudando acerca de sí tenían o no alma. Se menciona
que "escritores como Gonzalo Fernández de Oviedo (1526), el padre
Acosta (1590), Herrera (1601) o el padre Cobo (1653), desarrollaron
concepciones sobre el carácter diferente entre americanos y europeos,
pero ninguno de ellos desarrolló una teoría general sobre la
inferioridad o degeneración de los americanos" (Kuhnekath, 1995).
En
el segundo momento, europeos de los siglos XVIII y XIX, reflexionaron
sobre el carácter de las poblaciones americanas, preguntándose sobre si
realmente vivían en sociedades y eran capaces de hacerse una historia.
De esta manera se tendió a "construir tal hipótesis general sobre la
inferioridad de los latinoamericanos... fueron Buffon y el Abate De Pauw
(1768), [quienes] desarrollaron la teoría de la inferioridad biológica
de los habitantes del Nuevo Mundo, la cual extienden hacia todas las
etnias, incluyendo indios y criollos" (Kuhnekath, 1995).
De
la diferencia del otro, se pasa a una diferencia que se propone como
inferioridad-superioridad, o inferioridad del otro. La participación de
las más altas eminencias europeas en el debate lo culminan
definitivamente en perjuicio de los latinoamericanos. Tanto Kant como
Hegel coinciden en la percepción de los americanos como inferiores. Se
advierte que "estas ideas no eran originales en Hegel, pero a partir de
él se insertan en una nueva conceptualización del mundo y de la
historia, que rompe radicalmente con el relativismo histórico cultivado
desde el siglo XVI por Francisco de Vittoria hasta Montaigne y por fin
Montesquieu, ... Hegel rompe y margina este estilo" (Kuhnekath, 1995).
Un
tercer momento lo constituye la extensión y generalización de tales
tesis, llegando a constituirse en sentido común. "Por lo menos esta
tesis es empleada por uno de los hegelianos más críticos del
hegelianismo: Karl Marx...[que llega a afirmar] que en América Latina no
hay lucha de clases, y por lo tanto, tampoco hay auténtica historia, ni
hay civilización". Se sabe que, "por lo general Marx atacó la idea
hegeliana de que un pueblo sólo tiene historia si es capaz de expresarse
en un Estado, sin embargo, respecto a América Latina aplicó el mismo
modelo que criticaba" (Kuhnekath, 1995).
Un
cuarto y definitivo momento ocurre cuando los latinoamericanos pasan a
concebirse a sí mismos con la imagen construida por los europeos. Aun
cuando a este momento se llega en varios pasos, en primera instancia,
considerando antinomias del tipo «barbarie - civilización», o «moderno -
tradicional», eventualmente se llega a la noción de nación
subdesarrollada, o sea a la antinomia «desarrollo - subdesarrollo», como
una noción que "goza, por estar ampliamente extendida, del prestigio de
una verdad evidente" (Kuhnekath, 1995).
La
forma contemporánea de esta constitución social del otro como el
inferior, o, en contrapartida, del otro como superior, arranca de que
"la visión predominante de la economía política clásica, ... y de la
sociología positivista, presentaba al capitalismo mundial como un
sistema que evolucionaba o se desarrollaba por sí mismo, en base a sus
mecanismos de autorregulación". En este ámbito de reflexiones, la
diferencia entre las sociedades capitalistas y las sociedades externas
al capitalismo, hacían que éstas últimas fuesen objeto de interés para
la antropología, implicando una extensión de la contraposición entre lo
rural y lo urbano, como una polaridad conectada mediante "un proceso de
modernización característico de la continua evolución sociocultural de
la humanidad, cuya civilización burguesa constituia el espejo el que
todas las naciones habrían de reconocerse tarde o temprano..." (Sonntag,
1994).
Toda vez que
llegó a armarse este contexto de sentido, la ambición o meta de superar
la condición de inferioridad, o "ayudar" a superar tal condición,
resulta como una derivación inmediata. De esto resulta una situación en
la cual, como en el caso de que se llega a creer en la tenencia del
alma, se está en condición de definir circunstancias como reales, y de
ahí pueden, efectivamente, resultar consecuencias reales. Si un sujeto
llega a la convicción de tener alma, puede ser que, simultáneamente,
también llegue a convicción sobre la necesidad de salvar su alma, y por
ello, de conducir su práctica en uno u otro sentido, con lo cual, las
consecuencias de su convicción puramente subjetiva llegan a ser
consecuencias reales.
De
igual manera, si una red de sujetos llega a la convicción de que entre
ellos existe cierto tipo de diferencias en orden a superioridades e
inferioridades, el propósito de negar la condición de inferioridad puede
definirse como meta, y, desde allí, orientar sus acciones de modo tal
que impliquen consecuencias reales (por supuesto, no necesariamente las
esperadas por los sujetos). Toda vez que entre los
sujetos epistemológicos se generaliza la convicción de que efectivamente
existe una diferencia en el "nivel de desarrollo", aparece la necesidad
de explicar causalmente en su origen y desenvolvimiento la misma
diferencia. Las respuestas encontradas con mayor frecuencia se orientan
en dos direcciones:
En
la primera, se atribuye la condición de subdesarrollado al carácter
esencial del otro, de manera que los valores psicosociales propios de
cada tipo de cultura se asocian a la capacidad para desarrollarse con
mayor o menor dificultad. En esta versión explicativa, se caracteriza la
cultura tradicional como desprovista de los elementos imprescindibles
para pasar a otro tipo de dinámica. Noé Cornago, que ha realizado un
estudio sobre «La evolución del pensamiento sobre el subdesarrollo» (1993), propone como expresión típica de esta versión explicativa la investigación de McClelland sobre La sociedad ambiciosa. Factores psicológicos en el desarrollo económico
(1968), que, en base a la observación y análisis de las narraciones
infantiles, la tradición oral, y el estudio de las reglas e
instituciones tradicionales africanas, concluye que en esas sociedades
tienen poca presencia los valores como la ambición, la competitividad,
la originalidad y la capacidad de iniciativa, valores asociados a
procesos de cambio social modernizadores. En cambio, encuentra que en
las sociedades africanas predominan el fatalismo, el inmovilismo y el
conformismo, valores que bloquean procesos de modernización.
En
la segunda dirección, la condición de inferioridad se atribuye a la
relación entre quienes se reconocen en un polo como superior y en el
opuesto como inferior. Toda vez que se acepta el juego de la
inferioridad como real, siempre se tiene la salida de atribuir al otro o
bien el origen, o al menos la persistencia de tal condición. Al
respecto, uno del los discursos mejor articulados fue propuesto por Raúl
Prebisch, y continuado por los teóricos de la dependencia, para
quienes, "el desarrollo y el subdesarrollo no son diferentes etapas en
un proceso que conduzca a las sociedades tradicionales hacia la
modernización, sino productos simultáneos del proceso de expansión
capitalista a escala mundial, con el resultado de desarrollo en unas
zonas y subdesarrollo en otras" (Cornago, 1993).
La
generalización de las convicciones acerca de las condiciones de
superioridad e inferioridad ha hecho virtualmente imposible intentar un
curso de acción que presuponga ignorarlas. En todo caso, para los
descreídos y desencantados, por lo pronto, casi sólo es accesible
intentar el espacio de la des-mitificación. Esto explica la posibilidad
de plantear la existencia de las tres modalidades de discurso acerca del
desarrollo anteriormente reseñadas.
En
esto, como en otros aspectos, se reconoce como condición del mundo
contemporáneo, la unidad global a la que se ha llegado. Sea que se tome
por real o supuesta la antinomia «desarrollo-subdesarrollo», sus
consecuencias sí son efectivamente reales, y No se reducen a la
creciente diferenciación en las condiciones de vida de los habitantes
del planeta. En la actualidad, "la unión de la humanidad ya no es una
idea caprichosa de la Ilustración, sino que se impone sobre los pueblos
del mundo como un hecho biofísico". Y a pesar de la creciente conciencia
de que somos un "mosaico de culturas", la necesidad de ver la
diversidad mundial, como «un mundo», se impone, dado que, "podría ser
tan autodestructivo pensar en categorías de un Mundo, como no pensar en
ellas" (Sachs, 1996).
Finalmente
parece haber ocurrido que la pretensión etnocéntrica de los europeos
respecto a que existe, como telón de fondo una sola cultura humana, se
ha convertido en una condición imposible de obviar. ""Desde finales de
los años 70, la nueva imagen de "un mundo" se ha afirmado en nuestras
conciencias: el globo en su finitud física"" (Sachs, 1996).
A
las convicciones subjetivas se asocian prácticas efectivamente
realizadas. En general, las políticas y estrategia de desarrollo se han
formulado tomando en consideración una de estas versiones explicativas.
En algunos casos, una síntesis de ambas, o, inclusive, combinaciones
eclécticas. A finales del siglo XX y comienzos el XXI, y pese a
que se dibuja un horizonte más bien incierto, el discurso sobre el
desarrollo aún organiza y estimula una amplia variedad de prácticas
sociales.
Aunque al
inicio del siglo XXI aparece un incipiente despertar crítico, la
autopercepción condicionada de diferentes actores sociales respecto a
"ser y/o estar" en uno de los dos polos que constituyen la condición
"desarrollo-subdesarrollo", se ha instalado con solidez en el sentido
común colectivo. Desde esa posición, ese sentido común continua
otorgando sentido a la praxis de los actores sociales, y esas praxis,
independientemente de si se apuesta o no a las posibilidades reales de
desarrollarse, tienen consecuencias reales.
En
el proceso histórico, también se ha invertido la noción de desarrollo
como discurso asociado a una voluntad política que busca, precisamente,
alcanzar esa condición de desarrollo, asociándolo a un complejo de
valores que se tienen por dignos de ser alcanzados. Paradójicamente,
hasta el momento, todo indica que los resultados obtenidos por esas
políticas no han logrado precisamente lo que se han propuesto, sino que
han obtenido resultados ambiguos, beneficios para unos y, podría
afirmarse, que perjuicios para otros, en cuanto les otorgan
progresivamente una conciencia de inferioridad. Es posible comprender
cualitativamente a muchos de los actores sociales que se orientan en la
praxis a partir de este tipo de noción de desarrollo, aunque no se
compartan sus esperanzas, más bien ingenuas por una parte, o mal
intencionadas, por la otra.
Habría
que reconocer un matiz de sensatez a quiénes denuncian a la noción de
desarrollo como un nuevo auto-engaño. Y de no ser por el hecho de que
esta posición parece corresponder a una minoría que avanza sus
posiciones contracorriente, podría considerarse que es la noción más
prometedora. Desde esta posición crítica, y en ocasiones desencantada,
resulta la necesidad de buscar otras opciones de explicación y de
sentido, y con ello, quizás, podría contribuir a subvertir la actual
praxis social.
Como
noción que permite interpretar el proceso histórico social, la noción
de desarrollo puede ser más útil. En este sentido, explica el devenir de
las formas en que las personas y las grandes agrupaciones sociales han
estructurado sus relaciones sociales. En este carril, el desarrollo
aparece particularmente como desarrollo capitalista.
En
el lenguaje ordinario, el desarrollo describe un proceso a través del
cual se liberan las potencialidades de un objeto u organismo hasta que
alcanza su forma completa.
Los
diversos usos de que ha sido objeto la palabra desarrollo explican el
sentido que actualmente le atribuimos. En su sentido original, el
desarrollo se refería al despliegue del potencial que un ser o cosa es
capaz de desplegar en razón de su propio carácter o naturaleza. Así
entendido, desarrollo es el proceso que lleva a una semilla a
germinar, crecer como planta, florecer y dar fruto. De manera similar,
se habla de desarrollo de una persona desde luego que está capacitada
para aprender a caminar, hablar, crear, producir y reproducirse, en una
historia que recorre desde la niñez hasta la vida adulta.
Haciendo
una comparación entre el desarrollo de una persona y el desarrollo de
las especies animales y vegetales en la naturaleza, en un momento dado
se ha llegado a decir que los seres humanos son más desarrollados que
otras especies y que representan un escalón superior, de manera que la
evolución se entiende como desarrollo. Sin embargo también se puede
entender la evolución como un esfuerzo constante por adaptarse a las
cambiantes condiciones del medio en el cual se vive, sin que ello
implique que unas formas de vida son esencialmente superiores a otras.
Más
adelante, se afirmó que las diversas sociedades en la historia también
demostraban una capacidad de desarrollo, y que por lo tanto, se podía
distinguir una evolución desde etapas sociales primitivas hacia etapas
con mayor avance. En contrapartida, aunque no es la concepción más
aceptada, también se puede afirmar que ninguna sociedad y su cultura
es superior a otra: tan sólo representan diferentes maneras de
adaptación y vida en el entorno natural.
De
manera general se puede plantear que en la actualidad, cuando las
personas hacen y hablan de desarrollo, se distinguen tres maneras o
modos diferentes:
a)
Primer Modo: Utilizan la palabra y las concepciones sobre desarrollo
acentuando la diferencia entre los desarrollados y los no desarrollados
(o subdesarrollados), con frecuencia, enunciando la voluntad de ayudar a
los no desarrollados a desarrollarse, aunque en la práctica lo que
predomina es la voluntad de dominación sobre los países y regiones así
llamadas no desarrolladas o subdesarrolladas. Este modo es denunciado
como una oposición total entre práctica y discurso, es decir, un
divorcio completo entre lo que se dice y lo que se hace.
b)
Segundo Modo: Las concepciones sobre el desarrollo así como las
metas que propone se asumen como válidas y posibles, considerando que la
concertación de las voluntades de muchas personas y su quehacer
permiten alcanzar los logros y las realizaciones deseadas. En este
segundo modo de hablar sobre el desarrollo se hace énfasis en la
afinidad entre discurso y práctica, es decir, se cree que se puede
lograr lo que se dice.
c)
Tercer Modo: Se utiliza el discurso sobre el desarrollo para conocer de
que manera han ocurrido cambios en la sociedad (global, nacional,
regional o local) definiendo una situación de partida y una situación de
llegada. En este caso se trata de observar la forma en que las personas
y sus discursos sobre el desarrollo se oponen entre sí y cual es el
resultado que, en definitiva, se alcanza.
Referencias
Alexander, Jeffrey
1987 «La centralidad de los clásicos» en A. Giddens y J. Turner. La teoría social, hoy. Madrid. Alianza editorial. (1ª ed. 1990) pp. 22-80.
Cornago, Noé
1993 «La evolución del pensamiento sobre el subdesarrollo»
Kuhnekath, Klaus
1995 «La unanimidad sospechosa», Diario Latino, Suplemento Tres Mil, San Salvador, 1995
Sachs, Wolfang
1996 Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, PRATEC, Perú, 1996 (primera edición en inglés en 1992), 399 pp.
Sonntag, Heinz
1994 «Las viscisitudes del concepto desarrollo» en Revista Internacional de Ciencias Sociales. MADRID, UNESCO . 154, 1994 pp.
Wallerstein, Immanuel
1998 Impensar las ciencias sociales. Los límites de los paradigmas decimonónicos. Siglo XXI, México Madrid.
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